Volcán de El Totumo también sufre los estragos de El Niño

Comunidad afirma que el nivel del lodo ha bajado dos metros y medio. La ciénaga pierde agua por la sequía, los pescadores dicen que tiene 50 centímetros de profundidad y por eso ya no consiguen casi peces.
Un grupo de turistas extranjeros hace una fila para subir hasta la cima de un volcán que emerge hasta alcanzar una altura de 15 metros sobre el nivel del mar. El grupo de personas está vestido con trajes de baños, van dialogando animadamente en inglés, francés y portugués mientras esperan su turno para sumergirse en el lodo que guarda el montículo.

Desde la cima del cráter, el barro ha descendido unos dos metros y medio, es por eso que los administradores del volcán han tenido que construir escaleras de madera dentro de él para hacer más fácil el descenso.

El lodo es de un gris oscuro y no es caliente al contacto, sino que se siente fresco y pegajoso. Los administradores del lugar le atribuyen propiedades curativas por su composición (sílice, azufre, yodo, potasio, calcio, hierro y magnesio) y afirma que es eso lo que llama la atención de los visitantes que llegan en un promedio diario de 150, con un incremento a 200 los fines de semana, que deben cancelar $10.000 por meterse todo el tiempo que deseen.

“Es bueno para la circulación, la artritis, el ácido úrico y los problemas de la piel”, intenta explicarle uno de los guías al nutrido grupo de turistas que se ven más interesados en meterse al volcán que en las bondades del lodo.

Sentado en un quiosco Eliécer Jaraba observa a los visitantes. Él es líder de la Asociación de Trabajadores del Volcán del Totumo de Pueblo Nuevo (Asotravoltopuen) que cuenta con 50 socios.

Jaraba es nativo de Pueblo Nuevo, uno de los dos corregimientos que más aprovechan el atractivo turístico del volcán, junto a Loma de  Arena, ambos en la jurisdicción de Santa Catalina.

El hombre de 70 años cuenta que el volcán se ha visto más bajo en otras ocasiones, por eso considera que es normal que se presente este descenso en las épocas de sequía, aunque no deja de ser inquietante cada vez porque del “oro gris” viven unas 150 familias.

“El volcán es nuestro sustento y por eso lo vigilamos permanentemente — manifiesta — en invierno vuelve a subir y se mantiene en esa tónica. Lo que más nos preocupa ahora esa la ciénaga, que en su punto más profundo tiene 50 centímetros”, señala Jaraba sentado del local de madera y latón, al que llegan los trabajadores a buscar gaseosas.

El cuerpo de agua sirve de límite entre Bolívar y Atlántico, pero su importancia es más que geográfica: provee el sustento de alrededor de 300 familias que se dedican a la pesca y además es la herramienta de trabajo de 20 mujeres que se dedican a bañar a los embarrados.



Una vez que los visitantes han retozado en el lodo, bajan por una escalera diferente a la que utilizaron para subir. De ahí bajan por una pendiente (unos 150 metros) hasta un barranco de dos metros de alto y caminan otros 50 metros hasta un pozo artesanal.

Ana Milena Goenaga lleva 18 años “sacándole el barro a la gente”. Para realizar su labor están divididas en dos grupos de 10 que trabajan día por medio. Eso garantiza que todas puedan obtener una ganancia por la bañada, por la que cobran $4.000 pesos por persona.

“Este es nuestro único sustento, porque ya la pesca no está dando y además es muy difícil conseguir el agua. Hemos tenido que construir hasta pozos porque si no bañamos no comemos, así de sencillo”, indica Goenaga mostrando un charco de aguas oscuras que está unido a la ciénaga por un canal serpentino de unos 30 metros de largo.

Al borde de la orilla, a unos metros del grupo de bañistas, con golpes de pico y pala Rafael Pérez y Rigoberto Jaramillo van abriendo un nuevo pozo a 15 metros de la orilla del cuerpo de agua. La excavación debe ser cuadrada, con una medida de un metro en cada lado y dos de profundidad para que pueda almacenar agua.

  Imagen de cómo se veía el volcán en 1996.

Con este nuevo pozo los nativos pretenden tener una nueva entrada de líquido, aunque saben que eso no va a ayudar en nada si el verano no amaina pronto porque el cuerpo de agua solo tiene dos fuentes hídricas de abastecimiento: las escorrentías (lluvias) y el mar Caribe mediante unas válvulas que regulan el paso.

En este momento la sequía tienen sedimentadas las válvulas, impidiendo la entrada de agua salada, y los moradores del sector afirman que “desde hace un año no llueve como Dios manda y solo han caído tres chaparroncitos”.

Alrededor del volcán también hay establecida un turismo gastronómico. En Loma de Arena, a orillas de la Vía al Mar, se venden toda clase de fritos y productos que los mismos habitantes cultivan, como yuca, ahuyama, plátano y batatas, junto a otros que producen como queso y suero.

En la zona de El Totumo también hay algunos puestos de comida. El último, antes de llegar a la ciénaga, es el de Santander Villa. El hombre de 59 años recuerda que el agua de la ciénaga llegaba hasta el barranco, aunque en algunos aspectos la situación no ha cambiado.

“Todavía no tenemos luz, ni gas ni agua potable. Eso sigue igual”, asegura el vendedor.

Para Villa el problema no es solo la sequía, sino que ha habido desidia por parte de los gobiernos locales y departamentales. Por eso no cree que la situación vaya a mejorar pronto pero literalmente espera que del cielo les caiga la solución al problema de El Totumo “con un buen aguacero”.